En el corazón de este nuevo año, la Fundación Instituto Internacional de Tecnología y Derecho Digital centra su mirada en un objetivo fundamental: la tecnología y los menores. Una temática tan crucial como desafiante, marcada por una dualidad evidente. Por un lado, aquellos que rechazan categóricamente la penetración de la tecnología en la infancia. Por otro, quienes defienden que, bien guiada, puede ser la herramienta más poderosa para preparar a las nuevas generaciones frente a un futuro eminentemente digital. Ambos extremos reflejan una preocupación común: ¿qué mundo estamos construyendo para nuestros hijos?.

La digitalización no es una moda pasajera ni una etapa transitoria. Es el motor del crecimiento económico, la base de las industrias del mañana y el pilar de las sociedades que queremos. Por ello, el reto no está en evitar su impacto en los menores, sino en acompañarlos para que puedan aprovechar todas sus posibilidades. Haciendo una analogía con la alfabetización tradicional, nuestras generaciones jóvenes han aprendido a leer en el mundo digital (son usuarios competentes), pero no saben escribir en él (no están aprendiendo a ser verdaderos creadores de contenido, más allá del carácter efímero de las redes sociales).

Si observamos las pautas de consumo de ocio y comunicación de los menores, encontramos una realidad fascinante: ya no ven la televisión como lo hacíamos nosotros. El mundo de los horarios programados y los canales lineales ha sido reemplazado por plataformas bajo demanda y contenidos personalizados. Sus conversaciones transcurren en apps de mensajería instantánea, en donde los emojis y los stickers a menudo comunican más que las palabras. Este cambio no es negativo ni positivo en sí mismo; es, sencillamente, un cambio. Pero requiere que los adultos sepamos adaptarnos, entender su lenguaje y, sobre todo, acompañarlos desde su perspectiva, no desde la nostalgia de lo que fue nuestra propia infancia.

Educar en tecnología implica compromiso, esfuerzo y, sobre todo, empatía. Necesitamos ser adultos presentes, con herramientas y conocimientos que nos permitan abordar esta nueva era con valentía. Pero también debemos asumir que los niños y adolescentes no pueden caminar solos en este entorno tan complejo. Requieren guías que les ayuden a distinguir entre el uso responsable y el abuso, entre la creatividad y el consumo pasivo, entre la curiosidad y la desinformación. Los adultos también necesitamos recursos para educar a los menores, desde herramientas tecnológicas hasta programas formativos que nos permitan comprender el entorno digital en el que crecen y así guiarlos con eficacia.

En este sentido, la educación formal tiene un papel crucial. No basta con digitalizar los contenidos educativos y convertir los libros de texto en archivos PDF. Una verdadera transformación digital debe ir más allá: replantear métodos pedagógicos, capacitar al profesorado y actualizar los currículos para que reflejen las habilidades necesarias en el mundo de hoy y de mañana. Necesitamos un sistema educativo que inspire a nuestros jóvenes a no solo consumir tecnología, sino a crearla, comprenderla y dominarla.

Vivimos en una era marcada por la inteligencia artificial, donde las grandes potencias tecnológicas del mundo trazan los límites y las posibilidades del futuro. Es fundamental que nuestros menores entiendan no solo el impacto de estas herramientas, sino también su potencial para transformar sectores tan diversos como la salud, el medio ambiente o la educación. Ellos deben ser protagonistas activos de esta revolución, no meros espectadores.

En la Fundación, creemos firmemente en el poder de la tecnología como motor de cambio positivo. Pero este cambio solo será posible si trabajamos juntos: familias, docentes, empresas y administraciones. Nuestro compromiso para 2025 es claro: educar, acompañar y empoderar a las nuevas generaciones para que no solo entiendan el mundo digital, sino que también contribuyan a moldearlo con valores y responsabilidad.

El futuro está en sus manos, pero también en las nuestras. La pregunta que debemos hacernos no es ¿qué tipo de tecnología queremos para nuestros hijos?, sino ¿cómo ayudamos a nuestros hijos a aprovechar la tecnología que hay a su alrededor? Y la respuesta, como siempre, pasa por educar, acompañar y creer en su potencial. Porque el mundo ha cambiado, pero el sueño de construir un futuro mejor sigue intacto.

Fernando Suárez Lorenzo
Presidente

Fundación Internacional Instituto Tecnológico y Derecho Digital